La delgada línea que separa dos sentimientos

Él desea que ella al levantarse se de cuenta que su casa está vacía y todas sus cosas, íntimas y cotidianas, estén vendiéndose en el mercado más barato de la ciudad; desea que ella tenga un complejo de estupidez y salga a trabajar en pijama porque es la única ropa que tiene y desea que la despidan al llegar a la oficina por realizar la labor menos eficiente en la historia de la empresa. Desea también que ella al llegar a casa para pensar qué hacer al respecto, se encuentre con que la casa se incendió porque dejó abierta la llave del gas antes de salir, y desea que luego sus amigos la rechacen y rehuyan de ella por estar en desacuerdo con su tonta actitud en los días anteriores, y desea que se quede sola en el mundo pensado qué cosa hizo mal, y desea que un automóvil pase y le salpique barro en toda la pijama, y que sus cuentas en el banco estén paralizadas y que su nueva pareja la deje por una mujer fea, y finalmente desea que ella vaya a buscarlo para pedirle ayuda pero que al llegar lo vea feliz de la vida, abrazando a una nueva mujer con la que él ahora sí es feliz, habiendo olvidado el pasado infame en el que ella lo hizo entristecer. “La odio” termina por decirse en su alucinación conciente. Y llora, porque sufre. La insulta mentalmente. Ella le hizo daño, y la odia “de corazón”, siendo irónicamente este último la representación metafórica del amor.

A esto sobreviene la idea universal de que del amor al odio hay un paso. Primero se ama, pero el sentimiento atraviesa un proceso destructivo, un detonante que termina deformando el sentimiento a su contrario de comprensión cotidiana: odio. ¿Qué tan difícil es recorrer el camino del odio al amor? La definición para odio es una antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. Por tanto, a la persona a quien se necesitaba antes ya no se le desea el bien ni la mayor felicidad. Por el contrario, se desea el sufrimiento de esta persona en cantidad equiparable a la que padece el que odia. El odio no queda en potencialidades desiderativas ya que es de enorme trascendencia, pues se ve manifestado en hechos concretos en donde los deseos del mal al otro son materializados con planes fríamente calculados. Creo yo que este último es el verdadero odio, o por lo menos su máxima expresión al ver consumadas ciertas fatalidades mundanas publicadas en los medios hasta por gusto: crímenes pasionales, líos familiares, etc.

En las relaciones de pareja el odio, según los casos que he visto en más de un amigo(a), es muchas veces un juego de palabras que sólo son necesarias de decir y con las cuales el que odia hace lo que cree es normal. Para nadie es un secreto que la mayor parte de las veces es una infidelidad el paso al odio entre una pareja. La infidelidad es detonante y sendero que lleva del amor al odio. Sin embargo, basta cierto análisis para darse cuenta de que este odio no siempre es el mismo. Es sencillo, “debería” odiarse a quien ha traicionado la confianza, a quien uno se entrega y abre el corazón para ver que, luego de el engaño, uno siente como si metieran todos los músculos cardiacos a una licuadora. Basándose en que el amor supone al hombre en un estado de insuficiencia y que necesita de la unión con otro, el engaño apertura un cambio que implica la pérdida de esa extensión en la que se convierte la persona a quien se ama.

Por ello, de manera racional el odio debería erigirse como el sentimiento de primacía, manifestándose en repudiar al que cometió el engaño, en insultarle y tratar de apartarlo prontamente del aura espiritual en la que estuvo. Sin embargo, en estos casos la racionalidad brilla por su ausencia. La lógica “me engañaste y ahora te odio” queda de lado y no se convierte mas que en una palabrería necesaria de decir. Es lo que se debería sentir pero el amor no desaparece así de fácil y así se maquille con frases de odio no puede amilanarse con la facilidad que se supone que debería darse. El odio no es más que la careta que alienta al sufrimiento propio del que odia y no el del odiado. Mientras el primero, entre llanto rabioso sigue maquinando en su habitación planes imaginarios de venganza, el segundo probablemente continua con su vida normal, consciente o inconsciente de haber hecho sufrir al otro. El odio creciente es improductivo porque retrasa el avance emocional, peor aún cuando este odio no es odio furtivo, sino un odio falaz y fácil de resquebrajar en el primer momento en que la otra persona da pie a una conciliación o a una alianza por solucionar las cosas. Por eso, para mi, lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia. Este es el camino que uno debe seguir para poder superar este sentimiento y así, liberarse de una buena vez de todas las preocupaciones que se generan respecto a este tema que tanto daño puede provocar.

Add comment November 19th, 2007

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